Saint Seiya: desde la mitología -5-

Prologo del análisis de los Santos de Oro.

Después del torneo intergaláctico por la armadura de oro de Sagitario, de luchar contra los Santos Negros en la isla “Death queen”, y luego contra los Santos de Plata, nuestros héroes empiezan a descubrir que el villano de turno, aquel que mueve los hilos desde las sombras, es el Patriarca, el amo del Santuario. ¿Pero quién es el Patriarca? ¿Qué representa?, Para responder estas preguntas hemos de volver al pasado, cuando la diosa Atenea creó la orden de los santos, siendo el jefe de ese grupo el Patriarca, y la “base de operaciones” el Santuario, situado en Grecia. Así, los Santos de Atenea derrotaron a los caballeros marinos del dios Poseidón en ese remoto pasado, destruyendo su cuartel, la ciudad de Atlantis, 8 santos enviados por Atenea, los cuales hundieron a su vez el continente del mismo nombre (de hecho, fue después de esa guerra que los Santos de Atenea decidieron construir el Santuario, y en concreto, las 12 casas de los Santos de Oro, los más poderosos).

Después tuvieron que bregar con el dios de la Guerra Ares, el cual poseía su propia orda de guerreros, los llamados “berserkers” (palabra que no procede de la mitología y cultura griegas, sino de los pueblos más norteños de los germanos y los vikingos. Según estos, un “berserker” era un guerrero poseído por una furia y fuerza enloquecedoras, inspiradas por los dioses, que sólo podía ser frenado con la muerte). Derrotados estos últimos, sus almas fueron a parar en masa a la tierra de los muertos, por lo que el dios Hades, señor del Infierno, el Más Allá o como lo queraís llamar…, se enojó, iniciando una confrontación abierta con Atenea. Fue el antiguo Santo de Pegaso quien consiguió malherir al Señor de los Muertos. No hace falta decir que, a pesar de que pasaron unos cuantos siglos de paz, Hades regresó con fuerzas renovadas y con un ejército de 108 caballeros, llamados los Espectros. Si tenemos en cuenta que los Santos de Atenea eran 79 (el número más alto de santos en activo que jamás haya habido) sobra mencionar que fue una guerra cruenta y dura, incluso a pesar de que al final ganó Atenea. Todo esto ocurrió durante el siglo XVIII, sobreviviendo a la guerra sólo 2 Santos de Atenea: Dohko, el Santo de Libra (y el que 243 años después se convertiría en el maestro de Shiryu), y Shion, el Santo de Aries, que pasó a ser el nuevo Patriarca. Shion era miembro de un antiguo pueblo que habitó el desaparecido continente de Tao (nombre que en chino significa “camino” o “doctrina” y que describe una de las religiones más extendidas por China: el taoísmo), cuyos habitantes fueron los que construyeron las armaduras para los Santos de Atenea.

El caso es que, 200 años después de la derrota de Hades y situados en la “actualidad”, la nueva venida de la reencarnación de la diosa Atenea coincide con el “renacimiento” del dios Ares, el cual posee a Saga, el Santo de Oro de Géminis, y asesina al Patriarca Shion, sumplementando su lugar y engañando a todos los demás santos, diciéndoles que Saori Kido no es y nunca será Atenea, por lo que tiene que ser eliminada. Suerte que Aiolos y el anciano Mitsumasa Kido la salvaron. Y aún crecida, el Patriarca/Ares no parará en su empeño de hacerle pagar a la diosa la derrota de sus guerreros en el pasado, sirviéndose irónicamente de los propios Santos de Atenea. La mitología griega nos presenta al dios de la Guerra Ares como un joven bello y equipado con una brillante armadura, pero con un carácter violento, irreflexivo, caprichoso y propenso a la ira por cualquier motivo. De hecho, en la antigua Grecia el culto a este dios era más bien escaso por considerarlo una deidad demasiado salvaje y poco “civilizada” (además, ¿quién va adorar la Guerra?); solo comentar que sus animales consagrados eran el dragón, el buitre y el lobo.
Ares era también hermanastro de Atenea, naciendo de la unión de los dioses Zeus y Hera, las deidades más importantes de todas. Cuando nació, sus divinos padres reunieron a todos los demás dioses para que admiraran a su hijo. Ciertamente, Ares era un niño precioso y fuerte, pero a medida que crecía se iba poniendo de manifiesto su carácter intratable y violento, por lo que los dioses no supieron qué parte de la Creación darle bajo su dominio.

Ares lo tuvo claro desde un buen principio: quería dominar el Mundo entero. Los demás dioses le dijeron que aquello era imposible: La Tierra era dueña de la propia Madre-Tierra y de nadie más. Entonces Ares cogió una rabieta y juró que destrozaría y aniquilaría a todo ser que alguna vez ocupase la Tierra. Al cabo de poco tiempo apareció la Humanidad encima de la faz de la Tierra, y aún a día de hoy, a Ares le falta tiempo para cumplir su promesa de destrucción.

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